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domingo, 12 de julio de 2015

SILENCIO, RUMOR, ESPANTO

Silencio
Sólo el zumbido
Del estallido de una burbuja
De aire, de hielo, de viento
Refunfuñando en mis sienes.
Sólo el aviso 
Del roce constante
De una idea.

Silencio
Sólo el último aliento
Del náufrago sin tabla
De salvación,
Hélice agrietada 
En pleno vuelo sobre
Las sierras nevadas
De tiempos 
Aún olvidados.

Rumor
De nuevas tormentas
Aproximándose. 
Llenas de truenos sin
Rayos.
Llenas de barro del desierto
Dejado caer sobre
Mis escombros, 
Sobre mis ruinas.

Rumor
De llovizna de fuego
Deshaciendo las piedras 
Gastadas, redondas,
Blanquecinas
Como huevos de cigüeña
Rodando debajo
De nuestro campanario.

Pavor
De ver de nuevo
Llegar la capa negra 
De la hambrienta soledad
Que se me ha de zampar
Lamiéndome los huesos
Hasta la verdad escondida
Tras mis ojos vacíos.

Espanto final, ceguera,
De unos ojos de plomo
Requemando sus cuencas
Llenas de nada, 
Blanco de blancos.
Como ojos de corcho transparente
Pintado de lágrimas negras
Ciegos peces nadando
En la arena...

jueves, 18 de junio de 2015

CACHIMBA

CACHIMBA


Los pequeños monstruos llegaron de madrugada. Caminaban con los ojos cerrados, a regañadientes, asidos a mis manos. Arrastraban los pies y el polvo del sendero que cruzaba los parterres del  jardín se entrometía entre sus dedos descalzos. Habían dejado de lloriquear momentos antes y, por primera vez, los vimos sonreir. Cachimba ladró extrañamente al descubrirlos y en las pupilas de los hermanos un destello brilló fugaz en la noche sin luna.

   Los acostamos sin que quisieran cenar ni tomar nada caliente. En la litera, el chico arriba.  Al darles los besos de buenas noches percibí el frío de sus pieles y la rigidez de sus rostros. No me extrañé. En Rusia no habían tenido el cariño de nadie.

   Las noticias de la mañana alertan de las muertes inexplicables de una pareja de arquitectos jóvenes que acababan de llegar de un largo viaje. Dos años en Rusia para poder salir finalmente del país con sus nuevos hijos adoptivos. Ya se sabe: la burocracia del este.

   Los hermanos, en el sofà de la institución que se ha hecho cargo de ellos, ante el televisor rien y se abrazan como si estuvieran viendo dibujos animados.

  Cachimba yace, exánime, en el parterre grande.

domingo, 14 de junio de 2015

ARENA

ARENA

   Me desperezo rodeado de millones de individuos completamente iguales a mi. El sol nos calienta, inclemente, sin hacer el más mínimo caso a la brisa marina que, impotente, envía sus desvelos a travès de las dunas. Escucho, nítido, el ronquido de los camiones, de las excavadoras, de los tractores. Me siento de repente alzado en vilo, junto a miríadas de hermanos gemelos, todos de mi misma generación. Nos cubren con un toldo de arpillería áspera y la oscuridad nos envuelve, a todos, durante un tiempo indeterminado. 

   Al llegar la noche siento todavía el traqueteo inquieto que nos transporta llevándonos lejos, quien sabe adónde. Al llegar, días después, nos descargan en una cinta transportadora que produce unos chirridos desgarradores. No podemos taparnos los oídos. Somos distribuidos aleatoriamente en unos recipientes cúbicos de los que salimos a toda velocidad dirigiéndosenos alternativamente a otros mucho más pequeños y de apariencia más acogedora.

   Nuevamente, nos levantan. Ahora a peso. Dentro de estos habitáculos estamos más cómodos, más anchos. Ahora, destapados, me doy cuenta de que somos todos exactamente iguales. Nos han separado por tamaños. Los más grandes se quedaron en tierra. Los medianos han ido siendo descargados a lo largo del camino, siempre por orden de mayor a menor. Ya sólo quedamos dos grupos. Doce cubos de vidrio glaseado, seis i seis. Creo que ahora se desprenderán de los seis que llevan la etiqueta roja. La del mío es verde. Efectivamente los seis cubículos marcados en rojo son recogidos por mujeres vestidas de blanco con la boca tapada.

   Vaya por Dios! Nos estan descargando también. Tres jovencitas de complexión fràgil nos cargan en un auto verde con letras marrones que no acierto a leer. Las puertas traseras se cierran de golpencon estrépito. Otra vez el jodido traqueteo. Después de un rato que no soy capaz de precisar el traqueteo disminuye repentinamente. Ahora parecemos deslizarnos por una pista de hielo pero sé que no es cierto. Hemos llegado a la autopista y todo fluye más delicadamente.

   Al fin, con la luz del amanecer entrando por los resquicios de las ventanillas, despierto perezosamente. Escucho un frenazo suave. Y las puertas se abren. Un señor vestido todo de azul coge dos de los cristalinos cubos. Al poco, vuelve y se lleva otros dos para, finalmente regresar por los dos últimos.

   Me introducen –nos introducen- en una habitación de paredes blancas impolutas. Un operario nos recoge con una paleta y nos pesa en balanzas de precisión hasta alcanzar una medición exacta. Con un pequeño aspirador conectado a un tubo, también de cristal, somos absorbido y transportados a unos pequeños vasos de vidrio esterilizado colocados en unas mesas redondas. Los manipulan de dos en dos soldándolos milimétricamente en posición invertida, quedando pegados sin que se note costura alguna,  por sus partes más estrechas.
Nos ponen a secar en hornos de aire y poco después nos sacan y nos entregan a un hombre más viejo el cual, invirtiendo una y otra vez la posición de los artilugios así construídos, da su visto bueno final. Por fin puedo decir que formo parte de una máquina del tiempo: un reloj de arena de última generación, construido para medir las vidas de los  arrogantes humanos.









NOCHE


NOCHE

   La tormenta se desvaneció tal como llegó. Sin avisar. Los últimos fulgores del atardecer lucen concentrados en los muelles metálicos de las pinzas de tender, chorreando las últimas gotas de lluvia. El Arco Iris se insinuó perezoso un rato, por encima de las azoteas, pinchado por las antenas colectivas de la televisión hasta que la noche se lo llevo como recuerdo. Afortunadamente no tendí  la colcha fuera. No me preguntes por qué. Ahora tu rostro aparece recién lavado, como estampado con tinta invisible en las fundas de las almohadas. Puedo ver todos sus contornos cuando me acerco y mi cuerpo está caliente. Se dibujan en ellas nítidamente tus labios rojos, esos que tantos disparates me hacen imaginar. Aquellos ojos tan verdes que cautivan mi entendimiento. Aquellos mechones rubios dejados caer ...

   La tormenta, digo, ha dejado un aire suave de calles limpias y aire transparente. Miro la plaza y la luna reflejada en un charco me recuerda que hace días que no te he visto. Solamente te adivino al otro lado de las ondas del móvil, en la pantalla del ordenador o detrás un icono todavía por abrir. Me iría a dormir si supiera que podría hacerlo pero sé que nuevamente pasaré la noche revolviéndome en la cama y no te encontraré.  Que me levantaré y buscaré mi sueño, en vano, en las diminutas imágenes de los azulejos del baño. Tal vez te diré que te quiero sin borrarlo, tal vez no te diga nada, tal vez miles de besos colapsarán la red, tal vez ... sólo te miraré y engarzaré sueños con la sonrisa de tus ojos. 

   Como quisiera deslizarme por los codos de la noche y encontrarte en un punto de libro, esperándome. Leerte de pies a cabeza hasta el último trazo de amor que me posea inalcanzable, tanto de día como de noche, y disfrutar de un solo pedacito de tu alma mordiéndome. Como quisiera de amor entender que sin ti moriría, hacerte entender que un reflejo de tus ojos sería suficiente para curarme.

sábado, 30 de mayo de 2015

CULPABLE....O NO

   No sabía si aquel chico de aspecto esmirriado i flequillo desordenado había sido capaz de abrir en canal a su propia madre. No sabía si las huellas dactilares del machete eran ante o post mortem. No sabía nada. La absulota mudez del muchacho no le ayudaban mucho a dilucidar si realmente era culpable o inocente. Si pudiera guiarse sólo por su intuición pediría su libertad inmediata,  pero...

    Cuántas veces no se había equivocado?

   Recordaba aún su último caso. Todas las pruebas acusaban a su defendido: la propiedad del revólver, las huellas, la hora del crimen, la ausencia de coartada, incluso un testigo irrefutable...

   Encontró sin embargo el resquicio legal para conseguir la libertad sin cargos para su cliente. Ese truhán consuguió salir incólume de su crimen y ahora la culpa corroía las entrañas del letrado y las llenaba de dudas al respecto de su nuevo cliente, tan aparentemente inofensivo...


domingo, 24 de mayo de 2015

TARDE

TARDE


   Acabo de comer y el estómago ya me protesta. Aún no has venido y la habitación continúa vacía. Fría. No hacen falta explicaciones. No te las pido. Eres libre de todo. De todo excepto de la colcha. Tus ojos todavía están en ella y no creo que se desprendan nunca. Lástima que llega el verano y tendré que doblarla. Tendré que guardarla hasta el invierno que viene y quién sabe si todavía estarás ahí. La siesta me reclama sin misericordia. Me acuesto perezoso en el último día de tus puntos sueltos, deshilachados como siempre. El calor humedece mi cuerpo y se me pega la ropa. Puede que primero me dé una ducha. Salgo fresco y a punto. Abro la ventana y el sol me acaricia. Mi piel todavía blanca recuerda las tardes de verano con añoranza. Pronto el mar me absorberá y nadaré hasta encontrarte, cerca del sol. Hasta el fondo de todos los sueños. Hasta terminar de darte aquel beso que todavía tenemos pendiente. Incluso en los sueños té me escurres huidiza. He cometido muchos errores y no quiero que seas uno de ellos. Bajo la persiana hasta la mitad. Ahora el aire no molesta, más bien se agradece un poco de fresquito en medio de esta densa calor. Me tumbo sobre la cama y te hablo de sueños, de ilusiones en un punto perdido, de deseos interminables. El minino bosteza acostado sobre mis pies. Pongo la mano bajo la colcha y la muevo rápida. Se abalanza como un león se lanza sobre los ñus. Los ojos se me cierran poco a poco. Te pienso en el último instante antes de caer en manos de los sueños, allí donde espero encontrarte. Me invade el sopor y no me doy cuenta que ya duermo. 

   Te acercas lenta y translúcidamente. Con el índice me haces callar y aproximas vaporosamente a los míos tus labios aún rojos. El aire se hace a un lado y el contacto fluye azucarado. Tu suavidad es extremadamente deliciosa, como pétalos de rosa de madrugada. Nos entretenemos un largo rato, denso, intenso, perdiendo de vista los ángeles y los demonios. Mordiendonos ligera y cálidamente, nos separamos. Poco a poco, como si lo supiéramos. Tus ojos de limón esparcen por todas partes la fragancia del momento. Y respiro aliviado viendo el sueño cumplido. Te dejo marchar y sé que volverás. Sólo hemos terminado el primer sueño.

   Despierto sobresaltado. Los truenos estallan uno tras otro y los rayos encienden la habitación. El gato ya no está. Seguro que está debajo de la cama. Cierro la ventana de golpe y bajo la persiana estirando la cinta demasiado fuerte. Baja con estrépito. Me siento en la cama sudando y te recuerdo: te recuerdo besándome ... Por fin, el sueño parece haberme visitado ... Y sonrío, esperándote de nuevo ...

SENTIR

SENTIR

Sentir 
Que el tiempo no se detiene 
Comprender 
Que un día es un día.
Conquistar 
De pronto tus ojos 
Sonriéndome.

Sentir 
Que se nos escurre 
entre los dedos 
Suave 
La madrugada encendida.
Comprender 
Que con los labios abiertos 
Conquistamos 
Sin miedo, 
Todos los deseos pendientes.

Sentir 
Tu primer beso 
Acariciándome el rostro, 
Los labios. 
Comprender 
El roce acogedor 
De tu piel caliente
Haciéndome pedazos. 
Conquistar 
El inquieto desenfreno 
De una palabra al oído, 
Susurrándote
Sin prisa.